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(CNN) – El joven artista apoya su pera en el violín y comienza a tocar. Un silencio se apodera de la enorme sala musical y los pocos espectadores presentes dirigen sus miradas a un escenario casi vacío. La melodía fluye por el lugar y algunas otras personas ingresan a la sala para escucharlo.

A veces cierra sus ojos al tocar, como si la música se apoderara de él. Y si los asistentes hicieran lo mismo, nunca sabrían que al violinista que se presenta ante ellos le falta la mano derecha. Sería lo apropiado, claro, ya que Adrian Anantawan prefiere ser juzgado por lo que oye la audiencia y no por lo que ve.

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