Los animales de compañía conviven y comparten la vida de las personas y se ven favorecidos por los beneficios que su dueño les reporta, pero también sufren los inconvenientes propios de la familia con la que viven.

Los perros nerviosos o depresivos casi siempre lo son por culpa de sus dueños. El animal en la ciudad depende totalmente de su dueño y su ambiente familiar los cuales lo afectan directamente. El perro o gato no es capaz de resolver por sí mismo una situación conflictiva. Cae en estados de nerviosismo si su dueño no le ayuda a adaptarse a las condiciones de vida en la ciudad.

A veces ofrecemos a los animales una excesiva protección, los mimamos y sobrealimentamos, y otras, en cambio, se les tortura, rechaza, abandona o aísla, no se le presta atención, o se le relega a un segundo plano, entonces el perro se sentirá rechazado, no admitido en su núcleo familiar y como consecuencia entra en “crisis”, se deprime.

La depresión es un estado patológico con disminución general de toda la actividad psíquica, que afecta especialmente al componente afectivo.

Son causas de la depresión canina…

Las condiciones hostiles de vida: falta de espacio en el domicilio y en la calle para correr y olfatear, restricciones para ladrar y hacer sus necesidades libremente.

Las situaciones de aburrimiento: la falta de estimulación, la inactividad mental puede desencadenar en un estado de apatía y letargo psicológico.

Las reclusiones solitarias: caracterizadas por el ladrido el cual, si es especialmente rítmico, es una de las manifestaciones más comunes de la frustración.

Las familias desorganizadas: el desorden doméstico, los hogares excesivamente ruidosos, estresantes o solitarios no son recomendables para la compañía canina; la ausencia de hábitos en la vida del perro, además de producirle un desajuste funcional, podrá provocar un desarreglo psicológico.

Las ansias de compañía: los perros llegaran a alterar su comportamiento si se les deja solos demasiado tiempo, sienten miedo, ansiedad, corren, rompen cosas e incluso desarrollan comportamientos neuróticos.

La falta de afecto: una disminución en la dosis de afectividad será, sin duda, traumático para cualquier canino.
Síntomas…
La depresión se exterioriza bajo la forma de apatía general, falta de respuesta ante estímulos gratificantes, somnolencia, inapetencia, sed excesiva, tristeza y nerviosismo.

En las depresiones no existen razas, sino individuos. Cuanto más hipersensible es el animal, mas riesgo de padecer la enfermedad. Ahora bien, según las estadísticas, los Terrier, los mestizos (especialmente los adquiridos en perreras o guarderías) son los más proclives a padecerla.

Tratamiento

Ante la sospecha de que el perro pueda estar cayendo en una crisis depresiva, lo recomendable es consultar a un veterinario. En el tratamiento se utilizan fármacos antidepresivos y se planifica una reeducación, en la que el dueño cumple un papel fundamental, porque es él quién tiene que cambiar su actitud. Si él está depresivo, nervioso o estresado, el animal también lo estará.

De todas maneras el mejor “antídoto” contra la depresión es mantener vivo el contacto con el perro y la actividad. Ambos factores favorecen el equilibrio psíquico del animal; no obstante, si no se le puede dedicar todo el tiempo deseado, convendrá ayudarle a sobrellevar la soledad estimulándole con música durante las ausencias, y nada más fácil que dejar la radio o la televisión

encendida para que se entretenga. No hay que olvidar que cualquier perro prefiere el afecto, la relación directa con su propietario y la seguridad de su líder, a la libertad de vivir bajo su indiferencia.

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tarjeta MVZ Selene Ballesteros